UN MENSAJE....

Yo crecí en una región seca. Siempre me parecía que nunca había la suficiente lluvia para que los sembrados prosperaran, ni suficiente agua en el río para los cientos de canales hambrientos y para los miles de hectáreas sedientas, y resultaba escasa para regar todas las sementeras.

Aprendimos a pedir agua en nuestras oraciones; siempre que orábamos pedíamos agua. Se necesitaba una reserva, un depósito elevado que pudiera conservar el agua de las lluvias del otoño, el invierno y la primavera, para usarla en el momento preciso.
Al pensar en esto, comprendí que existen reservas de muchas clases: de agua; de alimentos, como las que hay en nuestro programa de bienestar familiar; algunas como los graneros y depósitos construidos por José en Egipto, las cuales le permitieron guardar un poco del excedente de siete años de abundancia para poder afrontar los problemas de siete años de escasés y hambre.

Comprendí que debe haber reservas de conocimientos para satisfacer las necesidades futuras; reservas de valor para vencer las avalanchas de temor que nos trae la incertidumbre; almacenes de fortaleza física que nos ayuden a dominar las frecuentes contaminaciones y contagios; reservas de bondad; reservas de vigor; reservas de fe. Sí, reservas de fe para que cuando el mundo nos presione, nos mantengamos firmes y fuertes; porque cuando las tentaciones de un mundo decadente minan nuestras energías, menguan nuestra vitalidad espiritual y nos rebajan al nivel mundano, necesitamos una reserva de fe, para ayudar a los jóvenes a pasar los tentadores años de la adolescencia, para superar las tentaciones de los años de la madurez. Una fe que nos ayude a soportar los momentos difíciles y aun terribles, las desilusiones y contrariedades y los años de adversidad, deseos insatisfechos, confusiones y frustración.

¿Quien construirá estas reservas? ¿No es ésta la razón por la que Dios le ha dado padres a cada niño?
Élder SPENCER W. KIMBALL
(En la 139a. Conferencia General Semi-anual, octubre de 1969.)