CÓMO ENSEÑAR LA EXPIACIÓN

por el Élder Tad R. Callister

Cómo podemos nosotros, como maestros del Evangelio restaurado, enseñar eficazmente la sublime y profunda doctrina de la Expiación? ¿Cómo lo han hecho los Profetas? ¿Y qué podemos aprender de ellos?
Aunque a lo largo del tiempo los profetas han reflejado diversos talentos y singulares habilidades para enseñar, se repiten una y otra vez ciertos principios básicos en sus ministerios docentes. A continuación se presentan algunas técnicas de enseñanza y recursos, que utilizaron los profetas para explicar la doctrina de la Expiación y sus infinitas implicaciones.

UN TIRO ESPIRITUAL CON EL ARCO
El Rey Benjamín convocó a sus súbditos, pero no para pasar un día de diversión. Si alguno había venido con dedales espirituales para recibir su palabra, él se apresuró a informarles de la necesidad de contar con recipientes mucho más grandes: “no os he mandado subir hasta aquí para tratar livianamente las palabras que os hable, sino para que me escuchéis, y abráis vuestros oídos para que podáis oír, y vuestros corazones para que podáis entender, y vuestras mentes para que los misterios de Dios sean desplegados a vuestra vista”. Su introducción fue un tiro de advertencia de que los oídos debían estar en sintonía espiritual y los corazones enternecidos para recibir el mensaje de importancia suprema que estaba a punto de darse. Entonces dio uno de los sermones más magistrales jamás ofrecidos acerca de la Expiación. Años después, el élder Bruce R. McConkie comenzó su inolvidable sermón sobre el sacrificio expiatorio con estas profundas palabras: “Siento, y el Espíritu parece afirmar, que la doctrina más importante que puedo declarar y el testimonio más poderoso que puedo dar, es el del sacrificio expiatorio del Señor Jesucristo”.
Al igual que el Rey Benjamín, sentó primero las bases antes de presentar su inspirado mensaje. Como resultado, los oídos estuvieron más atentos, las mentes se enfocaron más, y los corazones permitieron recibir el caudal espiritual que estaba a punto de darse. Para muchos, el impacto de estos mensajes cambió sus vidas. Los que oyeron las palabras del Rey Benjamín clamaron a una voz, “creemos todas las palabras que nos has hablado; y. . . no tenemos más disposición a obrar mal, sino a hacer lo bueno continuamente”.
Estos profetas comenzaron sus sermones lanzando un tiro espiritual con el arco. Fue un aviso, una llamada de atención, de que el mensaje que estaba a punto de darse merecía mucho más que la casual atención del oyente. Requería de un intenso estado de alerta de todas sus facultades espirituales. ¿Por qué? Porque estos profetas sabían que la hermosa y a la vez difícil doctrina de la Expiación sólo pueden comprenderla los que están espiritualmente preparados. Sus mensajes son conmovedores recordatorios del tono espiritual que debemos establecer antes de que comencemos a enseñar lo que Robert L. Millet llama “la doctrina de las doctrinas”.

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